El dolor ajeno: ¿cómo ayudar a un amigo?

No hay vendaje para detener las lágrimas ni ningún método para esterilizar las heridas psíquicas, ni tampoco yeso para el desamor. Lo que sí tenemos es nuestra presencia para apaciguar el dolor, porque al escuchar las necesidades de los que sufren les estamos diciendo que también cuentan con nosotros para hacer frente a ese sufrimiento.

Si ya de por sí es difícil lidiar con nuestro propio dolor físico y emocional, responder al de los demás puede sobrepasarnos. Presenciar u oír lamentos sobre las lesiones físicas y emocionales de otras personas habla de nuestra vulnerabilidad y nos recuerda que nuestro cuerpo y nuestra mente no son invencibles.

Ayudar a personas que pasan por algún tipo de dolor emocional se basa menos en el diagnóstico y los procedimientos, y más en el estilo personal. Mientras que algunos se apresuran a ayudar, pero confunden “arreglar” con ayudar, otros deciden perderse como los últimos coletazos del verano en Octubre; esperan que nadie cuente con ellos, asumiendo que no tienen las habilidades para ayudar a la persona.

Sea cual sea el grado de tolerancia que tengamos al sufrimiento de los demás, todos tenemos algo que ofrecer a pesar de nuestras diferencias. Una de las maneras más eficaces de ayudar es ser honestos sobre lo que podemos ofrecer, y en este punto entra en juego la empatía o la capacidad que tengamos de ponernos en el lugar de la persona que sufre.

Un estudio realizado por la Association Psycological Science (APS) sobre la neurociencia de la empatía y realizado por neuro-psicólogos de la Universidad de California (San Diego) asegura que “la empatía no solo requiere un mecanismo para compartir emociones, sino también para mantenerlas separadas. De lo contrario, nos contactan, nos angustian emocionalmente“.

Publicado en La Mente es Maravillosa

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